La vida de un país, la supervivencia de la democracia, la gobernabilidad, el fortalecimiento de un Estado, son temas que hoy más que nunca subyacen en la gestión de las políticas públicas y son en Venezuela, titulares de primera página de la acción gubernamental.
El gobierno de Hugo Chávez Frías desde 1999 ha intentado poner en marcha un amplio entramado de leyes, estrategias, planes y acciones, las cuales no solo han debido sortear las dificultades propias de su aplicación en medio de la dialéctica ideológica que significa la intención de trascender del capitalismo al socialismo, también, tales políticas han dado lugar a una nueva “piñata”, en la que una buena parte de la población se ha concentrado en romperla (tanto los del oficialismo como los de la oposición), para tratar de “agarrar” a toda costa la mayor parte de “los coroticos”.
Parece, que cuanto plan, por mejor ideado que haya sido, termina en una rebatiña, cuyo sustantivo común es la corrupción. Se quiso cooperativizar el modo de producción, luego endogeneizarlo a través de Empresas de Producción Social (EPS), se impulsó la pequeña, mediana y la empresa mixta, se ha querido entonces empoderar al pueblo a través de los Consejos Comunales a fin de lograr desconcentrar el poder y parece que siempre llegamos al mismo atolladero. Inexorablemente, este es el tiempo de repensar en el quid pro quo, antes que el paso inexorable de los años y las consecuencias de nuestros errores, nos dé el destino de Sodoma y quedemos reducidos a simple estatuas de sal.
Cuál entonces debe ser la metodología para abordar el propósito: ¿el estudio de las causas?¿el análisis de las consecuencias?¿la búsqueda de otra alternativa?. Hay que reconocer sin duda alguna, la contribución de tantos prestigiosos y bien intencionados economistas, juristas, politólogos, sociólogos, agrónomos, pensadores, estrategas todos, quienes en inagotablemente parecen haber hecho el mejor intento de subsanar la brecha existente entre la teoría y la praxis, de la ideología a la acción.
Muchas de las decisiones de tipo macro y micro económicas han sido formuladas para romper la coyuntura, producir una transformación del sistema. Los programas sociales igualmente se establecen pretendiendo corregir la inequidad. Pero desde mi perspectiva siempre hemos procedido erróneamente a abordar el problema desde su complejidad.
Y no es que sea en todos los casos una vía falible, sino que en este caso, en nuestro caso, lo es. No podemos seguir tratando al mundo, de espalda a las naciones; a las naciones en ausencia de sus Estados y gobernantes; a éstos olvidando a las ciudades y ciudadanos; y puesta la vista en ellos, debemos entender que los pueblos son conjuntos de personas, no de una manera simplicista y reduccionista, sino con toda la profundidad que esto significa desde lo individuo-relacional. Cada persona, representa una célula que establece relaciones sinápticas con otras, trasmitiendo y compartiendo valores, principios, normas, opiniones, ideas, nociones y apreciaciones, creando la cosmovisión colectiva que se requiere para poder sostener la vida posible en el país. De manera tal, que es necesario apretar el hilo, antes que el país se nos vaya por la costura.
Ahora bien, en qué consiste esta tensión. ¿No son ya bastante las medida restrictivas unas, punitivas otras? dirían algunos.
Abordando el problema desde una perspectiva sintética, es decir de lo más simple a lo más complejo, de los elementos al todo, de la causa a los efectos, del principio a las consecuencias, las políticas públicas en Venezuela deben estar imbricadas con la construcción de una nueva eticidad de la ciudadanía, lo cual solo es posible a través de la educación y promoción de valores y principios, no desde una manera vaga, ambigua, superficial, sino como un eje básico, tal y como lo plantea el Proyecto Nacional Simón Bolívar que propone el establecimiento de un “proyecto ético”, “una sólida arquitectura ética de valores”, en definitiva una estructura multifuncional básica para el sostenimiento de la nación como un cuerpo cohesionado y diverso. Atendiendo a estos planteamientos, podríamos avanzar comenzando por gestionar prioritariamente la transformación de la sociedad material y espiritualmente, rescatando los valores y transversalizando la ética, desde cada individuo, en cada rincón del país: niños, jóvenes y adultos; párvulos, estudiantes, productores y comerciantes, trabajadores y desempleados, amas de casa, laicos y religiosos, servidores públicos, gobernantes. En pocas palabras “todos los que hacen vida en el país”.
El otro curso estratégico de acción, no alternativo, sino complementario, tiene que ver con la sustitución de la posición ególatra basada en el “sálvate a ti mismo” por “ama al otro como a ti mismo”. No es simplemente empatía, no es una simple posición religiosa. Es, que en esta frase se encierra la profundidad de un convivir en armonía, vivir la otredad y en alteridad, activar la similaridad.
Para ello se requiere, que quienes están a cargo de formular las políticas públicas y tengan como anhelo resolver los problemas del país, vivan los problemas como lo viven los otros, transiten por sus mismas calles, duerman en sus casas y ranchos, sufran su calor, su sed, su dolor, ganen su sueldo y hagan mercado. Nuevamente en pocas palabras, que se eliminen las castas. Nadie resuelve los problemas ajenos sino los padece.
