Una reflexión a propósito de las Venas Abiertas de América Latina de Eduardo Galeano
Introducción
Siempre pensé que éste era un país privilegiado, porque nunca supe, más que por las noticias internacionales y libros de historia y geografía, lo que eran terremotos, huracanes, guerras u otro tipo de crisis o desastre social, político o natural. Además nací y viví con el privilegio de una familia clase media (o así parecía), profesional, trabajadora, por lo que nunca vi la necesidad. Los años 80 me mostraron una nueva cara de país: el de las crisis financieras, sociales, políticas y de valores. Ya como mujer madura, trabajadora, estudiante, casada y con hijos, comencé a intuir que algo iba a pasar. Un día - muy tímidamente, lo confieso- empecé a predicar la necesidad de un cambio. No creo haber tenido para la época una importante formación sociopolítica, quizá solo fue intuición. Reflexioné acerca de un nuevo país, que habría que parirse, que iba a ser parto de dolores, que “todo parto era una lucha, que todo nacimiento tenía algo de violento y que además se derramaba sangre”. Escatológico o no, esa intuición ha sido la visión de tantos otros, esa clase de gentes que no se conforman, no solo por ellos, sino por todos.
¿Y de quién es la culpa?
Galeano inicia uno de sus libros con esta frase: “…Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...”. Esto me sabe a reflexión, pero también a vergüenza y rabia, porque la vejada, menospreciada, maltratada, explotada y engañada América Latina, tal como lo ratifica Galeano, ha perdido recursos, gente y oportunidades de crecimiento y desarrollo. Pero también ha ganado. Ha ganado una nueva conciencia, fruto de sus dolores cladestinos y de sus gritos ahogados, de sus pérdidas y desengaños. Ha crecido como la mujer maltratada, que sabiéndose desde antes dueña de todo, reconoce que tiene la oportunidad de emanciparse, apropiarse de lo suyo y salir adelant sin necesidad de que ser mantenida, ni mucho menos soportar los maltratos de un macho opresor, oportunista y abusador (ella, la América...él, el Imperio). Después de todo, los imperios se enriquecieron a costa de lo que nos quitaron y lo hicieron a costa de la agonía de nuestros indios y de nuestros negros. ¿Será que hay algún culpable de tanta maldad y dejadez? De la maldad son cómplices, los que están aquí y los que están allá, aquellos que como proxenetas vendieron el corazón de la patria; de dejadez hemos sido todos los demás, aún ahora.
Así como todos los países de la región, Venezuela también tuvo su tragicomedia. Quizá si tan solo se hubiese quedado explotando cacao y café, quien sabe si seríamos los reyes del mocaccino. Pero de su vientre salió el petróleo, cual menarquía y creó las condiciones para una nueva violación. La devastación de sus tierras y saqueo irrecuperable de sus recursos. ¿Y que espera América Latina después de esto, una disculpa, el arrepentimiento y la devolución de sus saqueados tesoros? Lo primero, no le serviría de nada, lo segundo sería igual de inútil, porque además tal y como lo impone la tradición católica, debe estar precedido de un acto de contrición y propósito de enmienda (es decir, de no volverlo a hacer) y lo tercero derivado de la anterior, es una falacia, utopía irrealizable, algo más que un imposible.
La América (que es una impostura toponímica europeizada de estas tierras), fue violada siendo una niña y precozmente se preñó de amores y sinsabores. Lamentablemente, parece que así como el Síndrome de Estocolmo, muchos de sus hijos e hijas se enamoraron de su captor. Pero afortunadamente, de este otro lado comienza a despertar violentamente una conciencia colectiva, comienza a dejarse oír la voz trémula pero desafiante de los que no tenían voz, de los pieles curtidas por el sol, del campesino, del obrero, del todero latinoamericano. Aquellos que la high consideraba too down, como para considerarlos hermanos, compatriotas, paisanos, camaradas.
Introducción
Siempre pensé que éste era un país privilegiado, porque nunca supe, más que por las noticias internacionales y libros de historia y geografía, lo que eran terremotos, huracanes, guerras u otro tipo de crisis o desastre social, político o natural. Además nací y viví con el privilegio de una familia clase media (o así parecía), profesional, trabajadora, por lo que nunca vi la necesidad. Los años 80 me mostraron una nueva cara de país: el de las crisis financieras, sociales, políticas y de valores. Ya como mujer madura, trabajadora, estudiante, casada y con hijos, comencé a intuir que algo iba a pasar. Un día - muy tímidamente, lo confieso- empecé a predicar la necesidad de un cambio. No creo haber tenido para la época una importante formación sociopolítica, quizá solo fue intuición. Reflexioné acerca de un nuevo país, que habría que parirse, que iba a ser parto de dolores, que “todo parto era una lucha, que todo nacimiento tenía algo de violento y que además se derramaba sangre”. Escatológico o no, esa intuición ha sido la visión de tantos otros, esa clase de gentes que no se conforman, no solo por ellos, sino por todos.
¿Y de quién es la culpa?
Galeano inicia uno de sus libros con esta frase: “…Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...”. Esto me sabe a reflexión, pero también a vergüenza y rabia, porque la vejada, menospreciada, maltratada, explotada y engañada América Latina, tal como lo ratifica Galeano, ha perdido recursos, gente y oportunidades de crecimiento y desarrollo. Pero también ha ganado. Ha ganado una nueva conciencia, fruto de sus dolores cladestinos y de sus gritos ahogados, de sus pérdidas y desengaños. Ha crecido como la mujer maltratada, que sabiéndose desde antes dueña de todo, reconoce que tiene la oportunidad de emanciparse, apropiarse de lo suyo y salir adelant sin necesidad de que ser mantenida, ni mucho menos soportar los maltratos de un macho opresor, oportunista y abusador (ella, la América...él, el Imperio). Después de todo, los imperios se enriquecieron a costa de lo que nos quitaron y lo hicieron a costa de la agonía de nuestros indios y de nuestros negros. ¿Será que hay algún culpable de tanta maldad y dejadez? De la maldad son cómplices, los que están aquí y los que están allá, aquellos que como proxenetas vendieron el corazón de la patria; de dejadez hemos sido todos los demás, aún ahora.
Así como todos los países de la región, Venezuela también tuvo su tragicomedia. Quizá si tan solo se hubiese quedado explotando cacao y café, quien sabe si seríamos los reyes del mocaccino. Pero de su vientre salió el petróleo, cual menarquía y creó las condiciones para una nueva violación. La devastación de sus tierras y saqueo irrecuperable de sus recursos. ¿Y que espera América Latina después de esto, una disculpa, el arrepentimiento y la devolución de sus saqueados tesoros? Lo primero, no le serviría de nada, lo segundo sería igual de inútil, porque además tal y como lo impone la tradición católica, debe estar precedido de un acto de contrición y propósito de enmienda (es decir, de no volverlo a hacer) y lo tercero derivado de la anterior, es una falacia, utopía irrealizable, algo más que un imposible.
La América (que es una impostura toponímica europeizada de estas tierras), fue violada siendo una niña y precozmente se preñó de amores y sinsabores. Lamentablemente, parece que así como el Síndrome de Estocolmo, muchos de sus hijos e hijas se enamoraron de su captor. Pero afortunadamente, de este otro lado comienza a despertar violentamente una conciencia colectiva, comienza a dejarse oír la voz trémula pero desafiante de los que no tenían voz, de los pieles curtidas por el sol, del campesino, del obrero, del todero latinoamericano. Aquellos que la high consideraba too down, como para considerarlos hermanos, compatriotas, paisanos, camaradas.
Una salida natural
Y es que a veces, la violencia es la única salida para los indefensos, ya lo mencionaba el premio internacional de la paz Josué de Castro, cuando decía “infelizmente, no hay otra solución que la violencia para América Latina” . Pero no la violencia que ha patentado el imperio para someter a los no violentos. No la violencia de la huestes bárbaras, cortando orejas, lenguas y desmembrando indios. Es la violencia que te deja actuar, que te hace dueño de tus acciones, la que se opone a la cobardía o a la dejadez. Coelho lo expone en su verso: La fuga puede ser un excelente arte de defensa, pero no debe ser usada cuando el miedo es grande. En la duda, el guerrero prefiere afrontar la derrota y después curar sus heridas, porque sabe que si huyera estaría dando a su agresor un poder más grande que el que merece. Ante los momentos difíciles y dolorosos, el guerrero encara la situación desventajosa con heroísmo, resignación y coraje.
Es así como hoy no solo América Latina ruge, sino también aquellos pueblos negros que convivieron con los nuestros y se hicieron nuestros y que fueron desarraigados para ganar con alegría los que otros trabajaban con tristeza. En Sudáfrica, los obreros han comenzado a entender que no son ellos los que necesitan para vivir del trabajo (y el salario miserable) de los otros, sino que los otros necesitan para sobrevivir, del trabajo de ellos (con un salario justo).
Hoy se levantan nuevos líderes, que son la esperanza de los oprimidos, de diferentes clases y rangos sociales. Son gente que está ciertamente sufriendo los embates del imperio, simplemente por que estos no soportan que sea repartido lo que ellos pudieran estar saqueando. Ojala que estos gerentes de gobierno puedan cumplir con la empresa que les ha impuesto el destino y que no sea cierta la conseja de que la gente quiere más a los mártires, especialmente después de muertos.
Al pasar de los años, comprendo a la luz del poder del conocimiento (Bacon decía “el conocimiento es poder”), como no por casualidad a mediados del pasado siglo surgieron los hippies, con su Y de yankee como símbolo subliminal, acompañado del rock´n roll, su larga cabellera, su ropa estilo hindú y de postre una buena dosis de marijuana, para poner a dormir conciencias, justamente cuando en América Latina comenzaba a ebullir el nuevo pensamiento político que intentaba emancipar a nuestros pueblos. La otrora malévola intención depredadora de las empresas todopoderosas de los Estados Unidos (Galeano) y de alguna otra europea, quienes en su aparente relación con-yugal con los Estados Latinoamericanos impusieron un cincho a estas economías, han recibido más tarde que temprano, pero al fin, lo que en el “idioma universal” hemos de llamar efecto “boomerang”. Los “sub-americanos”, como lo expresa Galeano, que debieron recibir un impulso de los países desarrollados a fin de ajustar las desigualdades, no lo recibieron, éstos países se fueron deprimiendo cada vez más, como fue la intención inicial de los imperios, a tal punto que los latinoamericanos dejaron de ser buenos mercados y ahora que los necesitan no pueden recurrir a ellos. Lenta pero con toda seguridad, los países de Latinoamérica han comenzado a endogenizar sus economías, buscando la manera de hacerse cada vez menos dependientes de los países industrializados, lo cual no ha pasado inadvertido por éstos, echando mano de la sempiterna “lucha contra la pobreza” que no es más que una lucha en contra de los pobres de Latinoamérica.
