Maestría en Ciencias para el Desarrollo Estratégico

Un espacio para discusión de los asuntos políticos

sábado, 22 de agosto de 2009

Jomaya en la aldea de Valle Hondo. Un cuento a propósito de una realidad.

En la pequeña aldea de Valle Hondo, vivía una familia humilde y trabajadora, de muy escasos recursos económicos. Algunos de sus vecinos les ayudaban a paliar algunas de sus necesidades, porque como muchos decían "eran buena gente". Un día llegaron a la puerta del humilde hogar de “Jomaya” -como lo llamaban sus conocidos-, tres de sus hermanos. Arrivaron sudorosos y cansados, rogando auxilio a su hermano, pues habían quedado sin trabajo y techo. Este padre de familia accedió inmediatamente, sin embargo aunque dentro de la pequeña casa no había habitación alguna que ofrecerles, Jomaya les propuso darles cobijo en la pieza que hacia las veces de sala, cocina y comedor. Sus hermanos le dijeron: -No queremos incomodarte a ti y a tu familia de ningún modo, permitenos construir tres piezas de adobe y barro en el patio-. Así fue, como Jomaya ayudó a sus hermanos a edificar tres pequeñas habitaciones, procurándoles un lugar digno para descansar. Sin embargo, a diario procuraba compartir el pan con sus hermanos y el resto de su familia en el comedor de la casa principal.
Una noche el retumbar de la puerta de la habitación lo despertó de golpe. Intentó defenderse, la angustía se apoderó de él al pensar en su familia, pero una voz desconocida lo increpó en la penumbra diciéndole: -Quédate quieto y tu familia estará bien-. Trató de tranquilizarse, pero sabía que era una tontería oponer resistencia. Aunque podía distinguir en la oscuridad cuatro siluetas de hombres tan altos como él, ninguno le era conocido.
Al salir de la casa ya despuntando el alba, llevado a empujones y con las manos atadas, reconoció a sus tres hermanos, pero aún el cuarto hombre le resultaba extraño. Sin embargo, por instantes pareció reconocer en su acento, a un extranjero que habitaba en una aldea próxima. Aún tembloroso por el mal momento vivido, preguntó por su mujer y sus dos hijos. Uno de los hombres le contestó: -Están bien, pero fuera de la casa-. Efectivamente, como le habían dicho los forajidos, todos, su familia y él ahora estaban fuera de la casa.
Jomaya intentó buscar ayuda, corrió a la delegación policial más cercana, fue donde sus amigos y vecinos. En poco tiempo logró reunir a más de una veintena de personas que se acercaron a la puerta de aquel hogar. Con un andar y mirada desafiante, los tres hermanos salieron a la puerta cuyos cerrojos y candados ya habían sido cambiados y sin más, el menor de ellos le dijo a Jomaya, con la comunidad como testigo: -Esta casa es nuestra, porque nuestro padre nada nos dio a nosotros, tu la has disfrutado por suficiente tiempo y ya es hora de que te marches-.
Algunos de los vecinos tomaron la palabra e increparon duramente a los hermanos. La autoridad civil del lugar pidió orden y dijo: -Aquí hay un delito, todos conocemos que esta propiedad es de Jomaya y su familia, y según denuncia este hombre, les secuestraron y echaron de este hogar. Además, Jomaya denunció que había con ustedes un cuarto hombre a quien no reconoció de inmediato, pero que le recuerda a un tal “Mister”, que suele tener ciertos negocios turbios aquí en la aldea-.
Los tres hermanos no lo negaron, por el contrario, sonrisa en rostro, confirmaron que estaban apoyados por el “Mister”.
Poco a poco la gente se fue retirando, solo quedaron dos o tres de sus vecinos. Algunos antes de retirarse le daban unas palmaditas en la espalda y a algunos de ellos se les oyó decir: -Mejor que busque a su familia y se mude para otra parte-.
Otro vecino por el contrario, preocupado decía: -¿Y que cuando me toque a mi?-
(continuará...)

No hay comentarios: