Amanecía en casa de Jodaga. Los gallos del corral cantaban a tres voces, mientras que jilgueros, chipes, azulejos, quitriques y titiras, entonaban sus multitonales cantos. Jomaya se levanto del catre, sus ojos estaban abiertos desde hace tanto, solo esperaba el primer rayo de sol para salir de la habitación, enviando así importunar a los de la casa. El corredor se le hacia interminable cada mañana, pues sus botas sobre el piso de madera parecían un redoble de tambor y sin querer hacia que el viejo perro Babú, soltara su ladrido quejumbroso.
Al final, como en agonía llegaba a la puerta del baño que inevitablemente hacía chirriar, al abrir y al cerrar. Aparte de todo lo que Jomaya percibía, una vez dentro, comenzaban a escapar de aquel reducto sanitario, una sinfonía que emanaba de la hebilla que tintineaba al aflojar la correa, la apertura de la cremallera, el fluido cayendo en el orinal, la llave oxidada de la tubería, las gotas cayendo en el lavamanos de peltre y cualquier otro evento involuntariamente ruidoso. Mayor era su pesar, cuando al abrir la puerta se encontraba con media docena de gentes esperando su turno para entrar.
La condición en la casa de su amigo Jodaga no era peor que la suya, pero la necesidad mutilaba los sueños de los que allí convivían. No faltaba el pan, pero a veces si faltaba la leche. Las gallinas dormían encerradas en un corral vecino a su habitación, así que casi podía contar cuantos huevos ponían por la cluequera. "a que hoy recogen seis", "a que hoy recogen dos", pensaba por las mañanas y esperaba a que Rosa trajera los huevos hasta la cocina, sintiéndose feliz por sus aciertos.
Jodaga ciertamente prodigaba a su amigo toda clase de atenciones, pero a pesar del especial trato hospitalario, considerado y cálido, ya Jomaya extrañaba todo: su familia, su casa, la taza con la que tomaba el cafecito tinto en las mañanas, ropa limpia, su cama... así que esa mañana decidió no esperar más. Fue al pueblo y llamó por teléfono a su mujer.
Zioma estaba en casa de una buena gente, quienes la protegían y consolaban. Al segundo repique salto de la silla donde se encontraba. Era Jomaya. El pánico y la emoción se mezclaron en Zioma. Anhelaba su llamada, pero sabía que su marido podría ser rastreado. Apoyados por el “Mister” que era dueño de la telefonía de la Aldea, sus hermanos estaban interesados en su total derrota, aunque el “Mister” quería destruirlo más por devastar la gran amistad que había formado con sus incondicionales vecinos: Jodaga Manuá, Eves Lapaz, Rarea Quito, Huraez Caras, Fitro Lana, Igluva Bria y los esposos Erer y Crez Bues.
Jomaya habló franco, con su peculiar acento campesino, sin demostrar con el tono de su voz, que su corazón se fragmentaba: quería estar con su familia, pero también sabía que debía recuperar su casa, no por considerarla más preciada que su vida, sino por que estaba en juego su dignidad. Saludó a su mujer y preguntó por sus hijos, con un ¿cómo están todos? ¿están bien?. Tan pronto Zioma dio su alentadora respuesta, más por cumplir que por exponer la realidad, Jomaya le dijo: -Ven a casa de Jodaga, desde aquí veremos que hacemos, el tiempo se acaba y no quiero ser más un problema para mis amigos…los quiero mucho-. Al finalizar la frase, se cortó la llamada, lo que hizo apresurar sus pensamientos.
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