Maestría en Ciencias para el Desarrollo Estratégico

Un espacio para discusión de los asuntos políticos

jueves, 8 de octubre de 2009

Parte III. Jomaya en la Aldea de Valle Hondo: No darse por vencido

Amanecía en casa de Jodaga. Los gallos del corral cantaban a tres voces, mientras que jilgueros, chipes, azulejos, quitriques y titiras, entonaban sus multitonales cantos. Jomaya se levanto del catre, sus ojos estaban abiertos desde hace tanto, solo esperaba el primer rayo de sol para salir de la habitación, enviando así importunar a los de la casa. El corredor se le hacia interminable cada mañana, pues sus botas sobre el piso de madera parecían un redoble de tambor y sin querer hacia que el viejo perro Babú, soltara su ladrido quejumbroso.
Al final, como en agonía llegaba a la puerta del baño que inevitablemente hacía chirriar, al abrir y al cerrar. Aparte de todo lo que Jomaya percibía, una vez dentro, comenzaban a escapar de aquel reducto sanitario, una sinfonía que emanaba de la hebilla que tintineaba al aflojar la correa, la apertura de la cremallera, el fluido cayendo en el orinal, la llave oxidada de la tubería, las gotas cayendo en el lavamanos de peltre y cualquier otro evento involuntariamente ruidoso. Mayor era su pesar, cuando al abrir la puerta se encontraba con media docena de gentes esperando su turno para entrar.
La condición en la casa de su amigo Jodaga no era peor que la suya, pero la necesidad mutilaba los sueños de los que allí convivían. No faltaba el pan, pero a veces si faltaba la leche. Las gallinas dormían encerradas en un corral vecino a su habitación, así que casi podía contar cuantos huevos ponían por la cluequera. "a que hoy recogen seis", "a que hoy recogen dos", pensaba por las mañanas y esperaba a que Rosa trajera los huevos hasta la cocina, sintiéndose feliz por sus aciertos.
Jodaga ciertamente prodigaba a su amigo toda clase de atenciones, pero a pesar del especial trato hospitalario, considerado y cálido, ya Jomaya extrañaba todo: su familia, su casa, la taza con la que tomaba el cafecito tinto en las mañanas, ropa limpia, su cama... así que esa mañana decidió no esperar más. Fue al pueblo y llamó por teléfono a su mujer.
Zioma estaba en casa de una buena gente, quienes la protegían y consolaban. Al segundo repique salto de la silla donde se encontraba. Era Jomaya. El pánico y la emoción se mezclaron en Zioma. Anhelaba su llamada, pero sabía que su marido podría ser rastreado. Apoyados por el “Mister” que era dueño de la telefonía de la Aldea, sus hermanos estaban interesados en su total derrota, aunque el “Mister” quería destruirlo más por devastar la gran amistad que había formado con sus incondicionales vecinos: Jodaga Manuá, Eves Lapaz, Rarea Quito, Huraez Caras, Fitro Lana, Igluva Bria y los esposos Erer y Crez Bues.
Jomaya habló franco, con su peculiar acento campesino, sin demostrar con el tono de su voz, que su corazón se fragmentaba: quería estar con su familia, pero también sabía que debía recuperar su casa, no por considerarla más preciada que su vida, sino por que estaba en juego su dignidad. Saludó a su mujer y preguntó por sus hijos, con un ¿cómo están todos? ¿están bien?. Tan pronto Zioma dio su alentadora respuesta, más por cumplir que por exponer la realidad, Jomaya le dijo: -Ven a casa de Jodaga, desde aquí veremos que hacemos, el tiempo se acaba y no quiero ser más un problema para mis amigos…los quiero mucho-. Al finalizar la frase, se cortó la llamada, lo que hizo apresurar sus pensamientos.

miércoles, 26 de agosto de 2009

De la rebelión de unos a la rebelión de todos

Una reflexión a propósito de las Venas Abiertas de América Latina de Eduardo Galeano

Introducción
Siempre pensé que éste era un país privilegiado, porque nunca supe, más que por las noticias internacionales y libros de historia y geografía, lo que eran terremotos, huracanes, guerras u otro tipo de crisis o desastre social, político o natural. Además nací y viví con el privilegio de una familia clase media (o así parecía), profesional, trabajadora, por lo que nunca vi la necesidad. Los años 80 me mostraron una nueva cara de país: el de las crisis financieras, sociales, políticas y de valores. Ya como mujer madura, trabajadora, estudiante, casada y con hijos, comencé a intuir que algo iba a pasar. Un día - muy tímidamente, lo confieso- empecé a predicar la necesidad de un cambio. No creo haber tenido para la época una importante formación sociopolítica, quizá solo fue intuición. Reflexioné acerca de un nuevo país, que habría que parirse, que iba a ser parto de dolores, que “todo parto era una lucha, que todo nacimiento tenía algo de violento y que además se derramaba sangre”. Escatológico o no, esa intuición ha sido la visión de tantos otros, esa clase de gentes que no se conforman, no solo por ellos, sino por todos.

¿Y de quién es la culpa?
Galeano inicia uno de sus libros con esta frase: “…Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...”. Esto me sabe a reflexión, pero también a vergüenza y rabia, porque la vejada, menospreciada, maltratada, explotada y engañada América Latina, tal como lo ratifica Galeano, ha perdido recursos, gente y oportunidades de crecimiento y desarrollo. Pero también ha ganado. Ha ganado una nueva conciencia, fruto de sus dolores cladestinos y de sus gritos ahogados, de sus pérdidas y desengaños. Ha crecido como la mujer maltratada, que sabiéndose desde antes dueña de todo, reconoce que tiene la oportunidad de emanciparse, apropiarse de lo suyo y salir adelant sin necesidad de que ser mantenida, ni mucho menos soportar los maltratos de un macho opresor, oportunista y abusador (ella, la América...él, el Imperio). Después de todo, los imperios se enriquecieron a costa de lo que nos quitaron y lo hicieron a costa de la agonía de nuestros indios y de nuestros negros. ¿Será que hay algún culpable de tanta maldad y dejadez? De la maldad son cómplices, los que están aquí y los que están allá, aquellos que como proxenetas vendieron el corazón de la patria; de dejadez hemos sido todos los demás, aún ahora.
Así como todos los países de la región, Venezuela también tuvo su tragicomedia. Quizá si tan solo se hubiese quedado explotando cacao y café, quien sabe si seríamos los reyes del mocaccino. Pero de su vientre salió el petróleo, cual menarquía y creó las condiciones para una nueva violación. La devastación de sus tierras y saqueo irrecuperable de sus recursos. ¿Y que espera América Latina después de esto, una disculpa, el arrepentimiento y la devolución de sus saqueados tesoros? Lo primero, no le serviría de nada, lo segundo sería igual de inútil, porque además tal y como lo impone la tradición católica, debe estar precedido de un acto de contrición y propósito de enmienda (es decir, de no volverlo a hacer) y lo tercero derivado de la anterior, es una falacia, utopía irrealizable, algo más que un imposible.
La América (que es una impostura toponímica europeizada de estas tierras), fue violada siendo una niña y precozmente se preñó de amores y sinsabores. Lamentablemente, parece que así como el Síndrome de Estocolmo, muchos de sus hijos e hijas se enamoraron de su captor. Pero afortunadamente, de este otro lado comienza a despertar violentamente una conciencia colectiva, comienza a dejarse oír la voz trémula pero desafiante de los que no tenían voz, de los pieles curtidas por el sol, del campesino, del obrero, del todero latinoamericano. Aquellos que la high consideraba too down, como para considerarlos hermanos, compatriotas, paisanos, camaradas.

Una salida natural
Y es que a veces, la violencia es la única salida para los indefensos, ya lo mencionaba el premio internacional de la paz Josué de Castro, cuando decía “infelizmente, no hay otra solución que la violencia para América Latina” . Pero no la violencia que ha patentado el imperio para someter a los no violentos. No la violencia de la huestes bárbaras, cortando orejas, lenguas y desmembrando indios. Es la violencia que te deja actuar, que te hace dueño de tus acciones, la que se opone a la cobardía o a la dejadez. Coelho lo expone en su verso: La fuga puede ser un excelente arte de defensa, pero no debe ser usada cuando el miedo es grande. En la duda, el guerrero prefiere afrontar la derrota y después curar sus heridas, porque sabe que si huyera estaría dando a su agresor un poder más grande que el que merece. Ante los momentos difíciles y dolorosos, el guerrero encara la situación desventajosa con heroísmo, resignación y coraje.
Es así como hoy no solo América Latina ruge, sino también aquellos pueblos negros que convivieron con los nuestros y se hicieron nuestros y que fueron desarraigados para ganar con alegría los que otros trabajaban con tristeza. En Sudáfrica, los obreros han comenzado a entender que no son ellos los que necesitan para vivir del trabajo (y el salario miserable) de los otros, sino que los otros necesitan para sobrevivir, del trabajo de ellos (con un salario justo).
Hoy se levantan nuevos líderes, que son la esperanza de los oprimidos, de diferentes clases y rangos sociales. Son gente que está ciertamente sufriendo los embates del imperio, simplemente por que estos no soportan que sea repartido lo que ellos pudieran estar saqueando. Ojala que estos gerentes de gobierno puedan cumplir con la empresa que les ha impuesto el destino y que no sea cierta la conseja de que la gente quiere más a los mártires, especialmente después de muertos.
Al pasar de los años, comprendo a la luz del poder del conocimiento (Bacon decía “el conocimiento es poder”), como no por casualidad a mediados del pasado siglo surgieron los hippies, con su Y de yankee como símbolo subliminal, acompañado del rock´n roll, su larga cabellera, su ropa estilo hindú y de postre una buena dosis de marijuana, para poner a dormir conciencias, justamente cuando en América Latina comenzaba a ebullir el nuevo pensamiento político que intentaba emancipar a nuestros pueblos. La otrora malévola intención depredadora de las empresas todopoderosas de los Estados Unidos (Galeano) y de alguna otra europea, quienes en su aparente relación con-yugal con los Estados Latinoamericanos impusieron un cincho a estas economías, han recibido más tarde que temprano, pero al fin, lo que en el “idioma universal” hemos de llamar efecto “boomerang”. Los “sub-americanos”, como lo expresa Galeano, que debieron recibir un impulso de los países desarrollados a fin de ajustar las desigualdades, no lo recibieron, éstos países se fueron deprimiendo cada vez más, como fue la intención inicial de los imperios, a tal punto que los latinoamericanos dejaron de ser buenos mercados y ahora que los necesitan no pueden recurrir a ellos. Lenta pero con toda seguridad, los países de Latinoamérica han comenzado a endogenizar sus economías, buscando la manera de hacerse cada vez menos dependientes de los países industrializados, lo cual no ha pasado inadvertido por éstos, echando mano de la sempiterna “lucha contra la pobreza” que no es más que una lucha en contra de los pobres de Latinoamérica.

martes, 25 de agosto de 2009

Parte II. Jomaya en la Aldea de Valle Hondo: ¿Y que pasó después?

Jomaya se retiró a casa de un buen vecino que le dió posada. Necesitaba descansar, recuperar fuerzas y pensar que hacer, primero para reecontrarse con su familia, después volver a su casa. Le preguntaban algunos curiosos: -¿Jomaya que pasó, que le hiciste a tus hermanos?-. Y él, que aún no salia de su asombro, encogiéndose de hombros, hurgaba en su pensamiento y sin poder encontrar respuesta, seguía meditando sobre su vida, su familia, su trabajo, con la esperanza de entender lo que estaba pasando.
Sin encontrar descanso y luego de pensar un largo rato, recordó un incidente ocurrido la semana anterior mientras jugaba una partida de dominó con sus hermanos. Recordó que les había comentado, que debía consultar con su mujer e hijos la posibilidad de realizar algunas reformas en el hogar, cosa que inexplicablemente molestó a los hermanos, quienes se levantaron del sitio tirando la mesa.
Cambió los planes y en lugar de buscar a su familia, se dirigió a su casa. Ahora varios perros custodiaban la puerta. Llamó a sus hermanos para pedirles una explicación, les solicitó que salieran hasta la calle, pero como se había hecho costumbre, solo asomaban sus cabezas entre la verja. Jomaya les habló: -Diganme qué pasó, cuál fue mi falta, qué mal les hice-. Romiin -quien fungía siempre como líder-dijo: -Tu nos demostraste que no eres el jefe de esta casa, porque pides consulta a tu familia e hijos, así que no tienes derecho de estar aqui-.
Romiin, fue en otros tiempos, inseparable compañero de Jomaya. Al formar una familia, se dedicó a manejar un autobus de pasajeros, pero tuvo mala cabeza y lo echaron del trabajo. Jomaya, vendió algunas vacas que tenía y le ayudó a comprar un autobús para que Romiin pudiese seguir adelante. Aunque Romiin hizo una promesa de devolverle lo prestado, nunca cumplió, a pesar de que al cabo de algunos años, en lugar de uno, hizo una importante fortuna, adquiriendo varios vehículos, con los que llegó a consolidar una pequeña flota de transporte. Desde allí no había sabido más de Romiin, hasta el dia que llegó a su casa, arruinado y sin techo, como él mismo le había dicho.
Buscando apoyo en otro rostro, dirigió la mirada hacia su hermano Jories. Este, sabiendo que estaban cometiendo una injusticia con Jomaya, no tuvo el valor de mirarlo a los ojos y dando la espalda entró a la casa.
Por último Rovaez no le ofrecía ninguna esperanza. Aunque era su hermano de sangre y como tal, siempre lo amó, su reputación era dudosa, pues los vecinos lo señalaban como ladrón de mulas, bueyes y caballos, que solía vender en una Aldea vecina. Como decían algunos conocidos, Rovaez "era la oveja negra de la familia". De hecho, fue el primero en entrar a la casa, aquella madrugada, con una llave que días antes había sustraido de la mesita de roble del dormitorio de Jomaya.
El silencio cubrió el espacio como una sábana y a Jomaya no le quedó más remedio que volver a la casa de su vecino y amigo Jodaga, para seguir meditando sobre lo que habría de venir.
(continuará...)

sábado, 22 de agosto de 2009

Jomaya en la aldea de Valle Hondo. Un cuento a propósito de una realidad.

En la pequeña aldea de Valle Hondo, vivía una familia humilde y trabajadora, de muy escasos recursos económicos. Algunos de sus vecinos les ayudaban a paliar algunas de sus necesidades, porque como muchos decían "eran buena gente". Un día llegaron a la puerta del humilde hogar de “Jomaya” -como lo llamaban sus conocidos-, tres de sus hermanos. Arrivaron sudorosos y cansados, rogando auxilio a su hermano, pues habían quedado sin trabajo y techo. Este padre de familia accedió inmediatamente, sin embargo aunque dentro de la pequeña casa no había habitación alguna que ofrecerles, Jomaya les propuso darles cobijo en la pieza que hacia las veces de sala, cocina y comedor. Sus hermanos le dijeron: -No queremos incomodarte a ti y a tu familia de ningún modo, permitenos construir tres piezas de adobe y barro en el patio-. Así fue, como Jomaya ayudó a sus hermanos a edificar tres pequeñas habitaciones, procurándoles un lugar digno para descansar. Sin embargo, a diario procuraba compartir el pan con sus hermanos y el resto de su familia en el comedor de la casa principal.
Una noche el retumbar de la puerta de la habitación lo despertó de golpe. Intentó defenderse, la angustía se apoderó de él al pensar en su familia, pero una voz desconocida lo increpó en la penumbra diciéndole: -Quédate quieto y tu familia estará bien-. Trató de tranquilizarse, pero sabía que era una tontería oponer resistencia. Aunque podía distinguir en la oscuridad cuatro siluetas de hombres tan altos como él, ninguno le era conocido.
Al salir de la casa ya despuntando el alba, llevado a empujones y con las manos atadas, reconoció a sus tres hermanos, pero aún el cuarto hombre le resultaba extraño. Sin embargo, por instantes pareció reconocer en su acento, a un extranjero que habitaba en una aldea próxima. Aún tembloroso por el mal momento vivido, preguntó por su mujer y sus dos hijos. Uno de los hombres le contestó: -Están bien, pero fuera de la casa-. Efectivamente, como le habían dicho los forajidos, todos, su familia y él ahora estaban fuera de la casa.
Jomaya intentó buscar ayuda, corrió a la delegación policial más cercana, fue donde sus amigos y vecinos. En poco tiempo logró reunir a más de una veintena de personas que se acercaron a la puerta de aquel hogar. Con un andar y mirada desafiante, los tres hermanos salieron a la puerta cuyos cerrojos y candados ya habían sido cambiados y sin más, el menor de ellos le dijo a Jomaya, con la comunidad como testigo: -Esta casa es nuestra, porque nuestro padre nada nos dio a nosotros, tu la has disfrutado por suficiente tiempo y ya es hora de que te marches-.
Algunos de los vecinos tomaron la palabra e increparon duramente a los hermanos. La autoridad civil del lugar pidió orden y dijo: -Aquí hay un delito, todos conocemos que esta propiedad es de Jomaya y su familia, y según denuncia este hombre, les secuestraron y echaron de este hogar. Además, Jomaya denunció que había con ustedes un cuarto hombre a quien no reconoció de inmediato, pero que le recuerda a un tal “Mister”, que suele tener ciertos negocios turbios aquí en la aldea-.
Los tres hermanos no lo negaron, por el contrario, sonrisa en rostro, confirmaron que estaban apoyados por el “Mister”.
Poco a poco la gente se fue retirando, solo quedaron dos o tres de sus vecinos. Algunos antes de retirarse le daban unas palmaditas en la espalda y a algunos de ellos se les oyó decir: -Mejor que busque a su familia y se mude para otra parte-.
Otro vecino por el contrario, preocupado decía: -¿Y que cuando me toque a mi?-
(continuará...)